CAPÍTULO 4
Antes que nada aclarar algo. Las actitudes, lo que hagan o digan algunos personajes es parte de la historia, una historia de ficción. No hay que tomar esa actitud al pie de la letra como si la persona que da vida al personaje fuera así en realidad.
En cambio, hay cosas narradas que sí sucedieron y suceden en la vida del protagonista masculino. Gracias.
Frances y Noma se recuperan tras aquel momento en el que sentían que iban a morir con sus entrañas ardiendo de esa manera tan horrible.
En su apartamento, Frances, la rubia voluptuosa, sale de la ducha con una actitud totalmente distinta a la que mostraba al despertar y a la que tenía cuando permanecía tumbada con el agua recorriendo su cuerpo. La escultural no se molesta en cubrirlo con una toalla, algo que suele hacer cuando toma un baño.
Sin embargo, hoy es distinto. Todo es distinto.
La ventana de su baño da a un patio y a través de él los vecinos pueden verla. Cuando toma una ducha por las noches antes de ir a dormir, la rubia que es algo pudorosa, baja las persianas del cuarto de baño para mantener su privacidad y que nadie la vea. En cambio, ahora la sube estando todavía totalmente desnuda.
Por casualidad, un vecino del edificio de enfrente, un musculoso hombre de unos treinta años, la sorprende. El hombre no puede evitar abrir la boca sorprendido, por si fuera poco, Frances se coloca frente a él con lo que el chico tiene una completa visión de todo su cuerpo desnudo. Ella le mira fijamente sin apartar la vista de él y le sonríe con malicia para luego pasar la punta de su lengua por sus hermosos labios.
El muchacho no puede creer lo que está viendo, Frances siempre le ha gustado, pero la muchacha se ha mostrado un tanto tímida y pudorosa con todo el mundo. Y sin embargo allí está ella ahora, frente a la ventana de su aseo, mostrándose sin ningún tipo de vergüenza, enseñando su cuerpo desnudo.
El joven, que es policía, comienza a notar los efectos que aquella visión provoca en su cuerpo y no duda en despojarse de toda la ropa que lleva puesta quedando al igual que ella; completamente desnudo.
sigue mirándole con perversidad.
Ella le sigue mirando. La verdad es que ese hombre tiene un cuerpo como para perder la cabeza en una noche llena de lujuria, desenfreno y sexo. La rubia recorre su cuerpo con la mirada y se detiene en la parte más oculta de su cuerpo que no está precisamente relajada, sino todo lo contrario. La chica humedece sus labios y vuelve sonreír, mientras él se da cuenta de que es lo que ella mira con tanta atención, eso hace que su cuerpo se altere aún más.
Minutos más tarde, ella cierra la ventana y se aleja.
Frente al espejo de su cuarto de baño, la exuberante rubia se mira sin ningún tipo de pudor, observa cada rincón de su cuerpo desde todos los ángulos. Ese cuerpo es hermoso y poderoso, con él puede obtener lo que quiera de un hombre, algunos son tan básicos que con un poco de buen sexo hacen lo que se les dice. Da igual si en los años cuarenta, setenta o noventa, a muchos hombres les encanta el sexo loco y apasionado con una mujer hermosa. Y a muchas mujeres también aunque no lo admitan, ni lo vayan pregonando.
Si a un hombre le ofreces una noche caliente y sin compromiso lo tendrás a tus pies. Ella lo sabe bien, a lo largo del tiempo lo ha podido comprobar. Aunque hace décadas que no tiene sexo, ahora con ese cuerpo, podrá disfrutar de sensaciones que hace tiempo no experimenta y si además con ello logra que desea tanto mejor. Si su compañero de cama es un viejo decrépito, pero con poder, apretará los dientes, mirará al techo y aguantará el asco hasta que todo acabe. Todo sea para lograr sus fines.
¿Qué hombre podría buscar en una mujer algo más que sexo? ¿Qué hombre se enamora realmente?
Por su experiencia ninguno, pero en lo que respecta al sexo, todos, hasta el que parece menos interesado en eso, cae. Solo es cuestión de tiempo hacer que caigan, de tocar las teclas adecuadas, además de tiempo y astucia. Pero una vez lo has logrado son como todos los demás, incluso más calientes cuando se liberan de sus inhibiciones.
La voluptuosa rubia se seca y va al armario donde escoge un vestido rojo, lo suficiente sexy y al tiempo lo bastante elegante, luego se calza unos zapatos de tacón del mismo color. Toma las llaves, abre la puerta, la cierra tras de si y cierra con llave.
En el apartamento de Norma. la rubia de larga y sedosa cabellera, de cuerpo delgado y algo más diminuto que el de Frances, cepilla su melena hasta dejarla más sedosa de lo que ya es de forma habitual.
«No es un cuerpo lleno de curvas, aunque igualmente hermoso.» «Además este cabello tapando mi rostro ocultará parcialmente mi identidad.» «Algo muy provechoso en según que circunstancias» piensa la rubia colocándose el escote de su ceñido vestido azul, calzándose unos zapatos negros de tacón rojo.
Luego toma unas gafas de sol retro, retira las llaves del cenicero, abre la puerta, la cierra tras ella, echa la llave y avanza por el pasillo.
Varias mirillas se levantan en ese momento y tras ellas algunos de los vecinos la miran por curiosidad, mientras otros, los chicos más jóvenes, observan como los glúteos de la rubia se mueven mientras sus caderas se contonean al andar. Se muerden los labios al tiempo que repasan con la mirada su anatomía de arriba abajo.
En cuanto abandonan el edificio y comienzan a transitar por las calles de la ciudad, ambas atraen miradas, tanto masculinas como femeninas, por culpa de su belleza. Aunque no es solo por eso que los ojos de la gente que caminan por el lugar se posan sobre ambas.
Sus atuendos también llaman la atención.
Aunque se encuentran en el año mil novecientos noventa y seis, las dos mujeres, que aunque viven muy cerca nunca se han visto, no visten de acuerdo a la moda de esa época. Sus atuendos se corresponden más con la ropa que usaban las mujeres en la mitad de la década de los años cincuenta. Van algo más tapadas que el resto de las mujeres de los noventa, aunque la elegancia de la ropa que acostumbran a usar y la innata sensualidad que las dos desprenden, no solo en la manera de caminar, sino en la forma de mirar a un hombre y el seductor tono de voz, atraen al sector masculino de la población, despertando a la vez la envidia entre algunas mujeres.
Lejos de allí, Karen Faye, amiga y maquilladora de Michael desde hace años, llega a casa del cantante. En cuanto se ven ambos se
funden en un cariñoso y cálido abrazo.
—¿Estás seguro qué quieres hacer esto, Michael? —vuelve a preguntarle su amiga.
—Sí. —asegura él convencido de su decisión. —Creo que me vendrá bien un cambio por un tiempo.
—Empecemos entonces. —responde ella mientras comienza a sacar todo lo que necesita para ello.
Karen comienza mojando su cabello con una pequeña pistola de agua con mucho cuidado de no estropear las extensiones de cabello que el cantante usa desde su accidente de Pepsi.
La mujer empieza a peinar su cabello con delicadeza aunque no puede evitar que en un momento determinado por un descuido, mientras le peina el cabello al cantante, deje a la vista, sin querer, alguna de esas zonas que se quemó rodando el anuncio de Pepsi.
En ese instante, al verlo, Michael comienza a sollozar como un niño.
Eso es tan duro para él...
Y por si fuera poco ha de soportar las burlas de la prensa y la gente sobre su aspecto y esas malditas falsas acusaciones...
¿Dónde quedó la humanidad de los seres humanos? ¿Por qué atacan de manera tan despiadada a un hombre inocente?
Bastante tiene con todos sus complejos, lo sucedido con Pepsi y las mentiras de la gente.
¿Por qué no le dan oportunidad para demostrar cómo es la verdadera realidad? Él no es el demonio que aseguran, no es como aquellos sobre los que trata de advertir a la gente.
Karen abraza a su amigo y llora con él. Le parte el alma verlo así, él solo es un hombre con defectos como todos, solo una persona como las demás, pero de gran corazón. Lo están destrozando con tantas mentiras y acusaciones falsas. Ella sabe de las mentiras de esas acusaciones hacia su amigo.
Michael nunca ha ocultado nada, no solo invitaba a niños, sino también a sus familias a Neverland.
A diferencia de un verdadero pedófilo, que sólo invitaría a niños para apartarlos de sus padres, él los invitaba con sus familias. Además el rancho siempre estaba lleno de agentes de seguridad, empleados etc. Las familias de los menores podían ir con toda tranquilidad por la casa. Si hubiera tenido algo que ocultar no habría invitado a sus familias, tampoco lo hubiera hecho en su propia casa a la vista de todo el mundo.
Ese mentiroso chiquillo pidió, en alguna que otra ocasión, dormir en la habitación. Quizás ya lo estaban planeando todo.
El artista ofrece su habitación y cama a todo el mundo, adultos incluidos. Carece de esa maldad y mente enferma que hace pensar a la gente cosas sucias. Es la gente la que está obsesionada con el sexo, no él.
—Nunca debiste confiar en ese chico, Michael. Tiene la suficiente edad para discernir el bien del mal. ¿Qué clase de víctima pide dormir en la habitación de su presunto abusador? Ninguna. Creo que todo esto estaba planeado, Michael. Tienes que ser fuerte para defenderte y dar una patada en el trasero a los medios de comunicación. No me extrañaría que pedófilos reales estuvieran detrás de todo esto. Piénsalo Michael, tú ibas en contra de ellos y sabemos que en la industria hay depravados reales que han abusado de niños. ¿Qué mejor forma de desviar la atención sobre ellos y lo que hacen que poniendo el foco sobre alguien que no lo es? Los abusadores se cubren entre ellos porque tienen mucho que ocultar y porque si uno delata a otro, puede desencadenarse una guerra. Entonces acusan a quien no lo es, aunque también es posible que denuncien a alguien con el que comparten perversiones para que se centren en él y se olviden de ellos. Tú no eres uno de ellos, la gente debería entender eso y no juzgar antes de tiempo. Además algunos periodistas harían lo que sea por un buen titular, sobre todo si es escandaloso y te ensucia. Sabes que te odian. —le recuerda su amiga tratando de consolar al hombre. —A todo eso agrega racismo. El mundo es así de mal pensado. Ahora sécate esas lágrimas, mañana será otro día. —asegura la rubia mientras continúa cortando el cabello de su amigo.
Cuando finaliza, rato más tarde, toma un poco de espuma, la reparte por el cabello del cantante, arruga un poco el nuevo cabello de Michael y le quita la humedad con un secador.
—Bienvenidos, ¿qué te parece? —inquiere ella mirándole a través del espejo.
Michael se resiste a mirarse.
Nunca le ha gustado el reflejo que el espejo le devuelve. Sus complejos de niñez, creados por su progenitor, han perdurado hasta su vida adulta.
—Confío en ti, Karen. No es necesario que me mire. —responde él evitando mirarse en el espejo.
—Michael, por favor mírate en el espejo. Algún día tendrás que empezar a superar tus complejos. Te aseguro que la opinión que tienes de ti mismo es errónea. Lo que tú ves está muy alejado de la realidad. Eres un hombre hermoso en todos los sentidos. —le abraza ella.
—Otro día, Karen, mejor otro día. —contesta él con tristeza.
—Como quieras, es una lástima que no quieras mirarte porque estás muy guapo. No pensé que podría quedarte tan bien el pelo corto. —se sincera su amiga con él.
Lejos de allí, un grupo de personas poderosas ven unas entrevistas en las que el cantante trataba de advertir a la gente de como son manipulados por la prensa, los gobiernos y un sinfín de individuos a quienes solo les importa su propio beneficio.
También ven como Michael Jackson advierte a la gente sobre los pedófilos reales que campan a sus anchas por cualquier rincón del planeta.
También usa la música para denunciar todo eso y más, incluido el racismo de la industria, ganándose así el odio perpetuo de aquellos a los que intenta desenmascarar que parecen haberse unido para acabar con él, destrozar su imagen, su reputación y su credibilidad.
—Te lo buscaste tú solo, Jackson. Pronto dejarás de ser un estorbo para este mundo. Lo que estás viviendo no es nada comparado con lo que te espera. —dice una de esas personas oscuras y podridas por dentro que están engañando a medio mundo.
Frances camina por las calles de la ciudad atrayendo las miradas de los hombres cuando una gran y áspera mano masculina le tapa la boca y la arrastra hacia el oscuro callejón en el que se esconde. El desagradable individuo blanco, de piel lechosa y cabello rojo la mira con lujuria.
—Vamos a jugar un rato, nena. —dice él empezando a manosear a la voluptuosa rubia.
Ella parece seguirle el juego mientras busca algo con que defenderse. Necesita que el tipo baje la guardia para poder actuar. Cuando el agresor, convencido de estar doblegando a su víctima y creyendo que va a disfrutar de un rato de pasión se relaja. Instante que ella aprovecha para quitarle la navaja de un rápido movimiento.
En ese momento la chica le apunta con el arma en los genitales y le amenaza.
—Si no quieres ver a tus amiguitos desperdigados por el suelo quítate de encima. —dice ella mientras le mira.
El grandullón que no quiere perder sus genitales le hace caso, la suelta y se levanta. Además esa mujer tiene maldad en la mirada.
Ella sigue apuntando con la navaja en las partes íntimas del individuo.
—¿Qué pasa si corto aquí? ¿Cuanto tiempo tardarás en morir desangrado? —dice ella presionando el objeto puntiagudo contra esa zona del hombre. —¿O quizás aquí? ¿Si te rajo el cuello de lado a lado todo sea más rápido?
En ese momento el hombre comienza a sentir miedo de verdad.
—¿Quién...e...eres? —pregunta él aterrado.
—Tu destino final. —responde ella acercando más la navaja a la yugular.
Mientras la rubia está a punto de degollar al malhechor alguien se refleja en el brillo de la navaja y la desdibujada imagen de una mujer le exige que pare.
—¡Devuélvemelo! —exige la voz de la persona que se refleja en el filo de la navaja.
—¡Cállate! —responde la rubia.
Segundos después, la mujer se dobla sobre si misma y una nebulosa oscura sale de su cuerpo evaporándose en el aire. La curvilínea chica de cabello dorado recupera el aliento y vuelve a ponerse derecha. Y al hacerlo descubre que tiene un arma en la mano.
—¿Estás bien? —le pregunta a su agresor.
Él no responde, la mira con terror y sale corriendo de allí. Frances tira la navaja al suelo sin entender muy bien que ha pasado.
Unas calles más allá de donde Frances se encuentra, Norma es abordada por un grupo de jóvenes, también en un callejón, que la rodean mirándola mientras se relamen.
—Lo vamos a disfrutar. —asegura uno de ellos.
Ella los mira sin amedrentarse un segundo, se agacha y de un movimiento rápido de su pie atrae una barra de hierro hacia ella.
—Yo también quiero...jugar. ¿Os parece bien un juego en el que pierde...muere? —les propone ella sonriendo con malicia levantando una de sus cejas.
Ellos se miran y sonríen, aunque no son tipos corpulentos sino más bien delgados, son más que ella.
—Claro. —responde uno de ellos. —Empezemos.
Los chicos se acercan a ella, pero Norma es lo bastante lista como para saber que no puede con todos a la vez.
Su pequeño cuerpo la ayuda a ser más rápida y ágil, de modo que empieza a golpear uno a uno con la barra de la meta en la espalda. Incluso aprovecha cuando vienen dos juntos para propinar una patada a uno de ellos y que con la fuerza del impacto caigan los dos.
—Es hora de hacer una visita al otro mundo. —dice Norma volviendo a enarcar una ceja preparándose para golpear en la cabeza al chico que tiene enfrente con la vara de hierro.
—¡No! ¡Vete! —dice una voz familiar para la rubia de menuda estatura.
La chica del mechón sobre el ojo mira hacia todas direcciones pero no ve a nadie. Instantes más tarde repara en unos ojos azul intenso que apenas se ven en la barra de hierro.
El cuerpo de Norma sufre un par de espasmos y de su interior sale una nebulosa oscura que comienza a perseguir a los delincuentes, que al ver lo que ha ocurrido salen despavoridos por lo que acaban de ver.
Norma se recupera y ve como unos jóvenes se alejan de allí. Al descubrir la vara de hierro en sus manos, Norma la suelta de inmediato.
—¿Qué demonios ha pasado aquí?
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